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Relatos de Ticnámar: Las cruces de Mayo, ayer y hoy

Actualizado: may 21


Mayo es el mes de las cruces en todo el mundo andino. La celebración de la Cruz de Mayo es ampliamente extendida en los valles bajos y precordilleranos del norte de Chile, y representa la fuerte vinculación que los pueblos andinos tienen con la tierra, la agricultura, la vida y el respeto a los cerros tutelares. Ticnámar no es la excepción, y a lo largo de todo su territorio podemos encontrar varias cruces que protegen atentamente los cultivos de las familias locales a lo largo de todo el año. Algunas están más alejadas del pueblo, como la cruz de Tumaya y las que están en Oxa, por el sector que le llaman Huilque.


Gracias a la devoción de quienes residen actualmente en el pueblo, estas cruces son vestidas año a año con mucho cariño. Lo que algunos no saben es que antiguamente, bajando el cerro Calvario, había muchas cruces con sus nombres correspondientes a los santos patrones del templo, aunque algunas de ellas ya no se encuentran en sus lugares. Según rememora doña Pabla Corro, las cruces del Calvario eran las siguientes: en la cima encontrábamos las cruces de la Virgen de la Asunción, la de la Virgen de la Candelaria, la del Santísimo, la del Rosario y la de la Natividad. A mitad de camino, las cruces de San Juan, San José, y casi llegando al pueblo, estaba la cruz de San Santiago.



En un pasado no muy lejano, cada 3 de mayo la comunidad se reunía alrededor del templo antiguo de la Virgen Asunción para festejar a las distintas cruces del pueblo. La ocasión iniciaba con una antevíspera: esa noche se sentaba la tradicional chuba, ceremonia muy practicada en el pueblo de Ticnámar que consiste en la preparación de una bebida dulce, hecha de pastillas de colores molidas, también llamadas chivacolla, agua, azúcar, canela y otras especias.



Todas las cruces tenían sus alféreces y ellos eran los encargados de bajar las cruces al pueblo desde sus altares en las alturas. Comúnmente, cada alférez iba acompañado de un niño que era designado para cargar la cruz de camino al templo. Ya en la víspera, se renovaba la vestimenta de cada una de las cruces. “Ahora se hacen unos vestidos con cintas bordadas, pero mi mamá me comenta que antiguamente se hacían unos arreglos especiales de papeles de colores que las hacían ver muy bonitas”, comenta Mónica Ancase en nombre de su mamá Pabla Corro, ticnameña conocedora de las tradiciones del pueblo.


Cuando llegaba la noche de la víspera, y después de la correspondiente pawa para ofrendar como se debe, se velaban las cruces en el templo con una misa, sus rosarios y un rico caliente para pasar el frío. A veces había banda y otras veces no, pero siempre la gente animaba la velada con sus cantos. Al día siguiente, se cerraba la festividad con la subida de las cruces y un gran almuerzo comunitario en el local del pueblo: “¡Antiguamente era fiesta, pues! Todos querían agarrar alférez y se peleaban para bajar las cruces. Me acuerdo que nos juntábamos afuera del local, donde se tendían unas frazadas en el suelo, y cada alférez llevaba mote y sus ollitas de comida, y nosotros los del pueblo llegábamos con nuestros platos para servirnos. Había que evitar los martes y los viernes eso sí, porque eran días malos, eso sabían los antiguos. Recuerdo mucho las costumbres que hacíamos en el pueblo, muchos de ellos ya están finaos’: el Carlos, el Sixto, el Doroteo, el Victoriano, el Nico… ellos no se saltaban las tradiciones. Esa era una comunidad unida”, explica Telma Mena, ticnameña que ha vivido en el pueblo desde hace décadas.


No todos comparten estas mismas memorias, sin embargo, y cada vez son menos quienes recuerdan las tradiciones del pueblo antiguo. Poco después de la bajada del río que obligó a los ticnameños a trasladarse al pueblo que conocemos hoy, se dejó de practicar la celebración de las cruces. Así comenta Orfa Quispe, miembro de la comunidad que por mucho tiempo estuvo alejada del norte: “de las cruces yo poco me acuerdo, porque yo me bajé con 10 años a la ciudad y los niños, en ese entonces, no participábamos de todas las costumbres. Aun así, siempre los jóvenes nos robaban un poco para dar vuelta la vitrola. Alrededor de la vitrola se hacían bailes en todas las fiestas, y a mí siempre me buscaban porque yo tenía más paciencia, entonces cuando se terminaba la vitrola, yo ponía el otro disco y le daba vueltas para que no se apagara.”


“Eso era en el pueblo antiguo, en el pueblo nuevo se ha perdido esa tradición. Mi mamá siempre decía: ‘pucha, ¡cómo han cambiado las cosas!’ Ella siempre se recordaba de la celebración de las cruces en Ticnámar y me contaba que la gente se peleaba para vestir las cruces y por quién lo hacía más bonito”, agrega Lina Condori, quien aprenderá el oficio de la restauración de imágenes en los próximos meses.


“Uno de los que se acordaba mucho de las cruces era don Claudio Zubieta. Él siempre me llamaba, aunque yo en ese momento vivía en Santiago, pero le enviaba todos los años las cintas para vestirlas, bien bordaditas. Siempre me las arreglaba para enviárselas. Yo siempre apoyaba porque toda la vida he sido costurera, y hasta el día de hoy les hago las cintas para que estén bonitas. Ahora estaba hablando con la Telma, que vive arriba y siempre se preocupa, para ver si necesitaba apoyo”, nos cuenta Orfa Quispe y Lina Condori agrega que: “mi hermana Paula todos los años baja la cruz de Tumaya y otras más, se dedica a hacerle sus ropitas bordadas a mano y se coordina con los del pueblo para subirlas después, porque es bien complicado el camino.”


“Donde sí se celebra con todo es en la hacienda La Estrella, ahí se hace una actividad con alférez, con banda y con comida. Ahí quien participa mucho es don Segundo Centella que tiene unos viveros allá y trabaja permanentemente. Esa es la cruz de las familias Centella, Sajama y Yucra, y se van rotando en el cargo. Este año le tocaba a la señora Agripina Centella, pero por las circunstancias se tuvo que suspender”, explica Orfa Quispe. La cruz de La Estrella se baja al son de la banda de bronce y se vela en la casa de la familia a cargo. Antes de ello, sin embargo, se piden todos los permisos correspondientes a los cerros tutelares, al Tata Inti y al Dios cristiano, a través de la ceremonia de la pawa.


Ticnámar también sueña con retomar esta tradición a futuro; es un anhelo especialmente de los más mayores, que tuvieron la alegría de nacer y vivir en el pueblo antiguo que hoy está en el centro de la restauración: “Yo creo que con todo esto que se está haciendo de la restauración, hay que retomar estas tradiciones. Pero esta era una celebración de la comunidad y no nos debemos olvidar de su verdadero sentido”, reflexiona Lina Condori.


Agredecemos los aportes de Pabla Corro, Mónica Ancase, Telma Mena, Orfa Quispe y Lina Condori en la elaboración de este artículo.

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