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Relatos de Ticnámar: Memoria comunitaria de tradiciones y festividad a la “Asunta”

Actualizado: ago 20


Sale la procesión entre dos luces; la luz del crepúsculo que se prolonga, incendiando el horizonte y las cumbres con rojizas pinceladas y la luz de los cirios procesionales, luz amarillenta que forma un halo de misterio en torno de las andas de la Virgen.


Un coro de cantores rompe el sortilegio de la tarde con sus himnos en loor de María. Las viejas estrofas del “Oh María” ascienden con vibrantes alas sobre el caserío silencioso y rebotan en la muralla de rocas del frente, y van a despertar los ecos milenarios de la mole negra del Marqués, ya coronada con una que otra tímida estrella que parece asomarse sonriente a la fiesta de María.”


De esa manera recordaría la festividad del 15 de agosto don Julio Ramírez Ortíz, quien en las primeras décadas del siglo XX fuera capellán visitador de la parroquia de Belén. En estas líneas escritas en su publicación Tierras Grises del año 1931, Ramírez expresa la solemnidad y respeto que los ticnameños de aquella época mantenían por la patrona del pueblo. Hoy, aunque han pasado largos años desde los viajes del capellán, podemos afirmar que la Virgen de la Asunción sigue ocupando un lugar privilegiado en los recuerdos y corazones de la comunidad, aun cuando las circunstancias actuales han impedido su celebración como corresponde.



Para los pueblos andinos, como Ticnámar, la imagen de la Virgen supera los significados asignados por el mundo católico. Tras la madre de Dios emerge la Madre Tierra, que cuida a sus hijas e hijos, y a toda la naturaleza que habita sobre la tierra. Es por ello que las costumbres dedicadas a la Pachamama están presentes desde mucho antes que el día de la patrona.


Como es tradicional en Ticnámar, la celebración de la Asunta iniciaba con el asentamiento de la chuwa en la antevíspera del 13 de agosto. Don Domingo Gómez, adulto mayor del pueblo de Ticnámar, explica que nunca debía faltar el incienso, la chivacolla y la coquita, y recuerda además otra importante costumbre que los antiguos realizaban para espantar los malos espíritus antes de la fiesta: “Después de la chuwa, la comunidad iba a la casa del alférez o mayordomo para hacer otra ceremonia, esta vez para el diablo, que no era igual que la que se hacía para la Virgen. El incienso era reemplazado por el azufre y el vino por el orín, y se le suplicaba que no interviniera en la fiesta para pasar una jornada tranquila”.


Al día siguiente, al alba, tocaba el derramamiento de la chuwa y la sangre de la wilancha en la plaza del pueblo. Seguidamente, la procesión camina hacia el imponente Jacha Tangane, desde el que se avistan las chacras de cultivo. “En el calvario se hacía una costumbre, en la cruz dedicada a la Virgen de la Asunción, aunque no recuerdo muy bien porque la vez que me llevaron a mirar yo era muy pequeña. Los antiguos hacían eso, se novenaban alrededor del campanario, hacían la wilancha y repetían esas costumbres en el calvario”, comenta doña Elvira Yucra de la comunidad de Ticnámar.


En la noche de la víspera, la Virgen los mayordomos engalanaban a la Virgen con sus mejores atuendos para recibir a las bandas y visitantes que llegaban a rendirle honores. Luego de saludarla con mucho cariño, los músicos y fieles recorrían las dos calles que componían el pueblo con la Santa en andas, entonando melodías al compás de la procesión. Y no fue hasta que las imágenes fueron trasladadas definitivamente al templo nuevo, en la década del ochenta, que la comunidad seguía yendo al pueblo antiguo a conmemorar el 15 de agosto.


Pero la Virgen de la Asunción no sólo despertaba el respeto y admiración de los ticnameños, sino también reunía a devotos de pueblos vecinos, que llegaban a acompañar la fiesta patronal. “A veces llegaba la gente de Arica y de otros pueblos, como Belén, Chapiquiña y Saxámar, pero en ese tiempo no había camino, así que dejaban los vehículos en cierta parte y luego seguían hasta el pueblo a pie no más. No faltaban tampoco las bandas de bronce; había una que venía de Bolivia, de un pueblo muy especial para nosotros que se llama Huachacalla, y también llegaban las bandas de Cobija, de Esquiña y de Sucuna,” explica don Domingo Gómez.



La festividad no se trataba solamente de una ceremonia religiosa, por supuesto. Era una jornada de comunión y compañerismo, valores que la comunidad actual recuerda y respeta: “cuando yo llegué al pueblo, recuerdo que el presidente de la Junta Vecinal subía a la torre y tocaba la campana, como a las 8 de la noche y toda la gente sabía que iba a ocurrir algún evento. Entonces el presidente decía, por ejemplo, ‘ya, mañana hay que ir a sacar la acequia’, y tenían que ir todos a trabajar con su pala, picota, manta y aguayo. También recuerdo el batán que servía para moler el maíz con el que hacíamos el pan para la semana. Todos usábamos el batán, era muy bonito eso”, recuerda doña Maximiliana Sajama, quien se integró a la comunidad después de casarse con don Domingo.


Las fiestas eran como un relajo o un recreo de las personas que constantemente estaban ocupadas en sus chacras y con su ganado. Ahí la comunidad jugaba, disfrutaba, celebraba y tomaba, era como un desahogo. Era más participativo, todos asistían al acto cívico, a la misa y a la procesión”, comenta don Sergio Huanca, miembro de la comunidad que actualmente reside en Calama, pero que no olvida las tradiciones de su pueblo.


Uno de los juegos más destacados era el fútbol, deporte que alegraba a la comunidad y encendía algunas rivalidades entre pueblos vecinos: “Por la entrada del pueblo, por donde dobla el camino, ahí había una cancha. En esa cancha solían jugar los partidos para las fiestas de la Virgen. Siempre que jugábamos con Belén era como ver jugar a Arica e Iquique. Yo recuerdo cuando mi papá jugaba fútbol en la cancha, cuando el río era angosto”, comenta don Sergio Huanca.


Luego de los partidos, los bailes y las ceremonias religiosas, no debía faltar un buen almuerzo para reponer las energías de todos los asistentes: “para la comida, se tendían varias frazadas en el suelo y se formaba un callejón bien largo, y sobre las frazadas se ponía la comida para que todos compartieran. Por lo general eran comidas secas, como las papitas y el motecito, y la gente comía ahí tranquila con su traguito”, comenta don Domingo y doña Maximiliana complementa que: “Antiguamente, la comida principal de la fiesta era el picante. En la mañana siempre se servía la calapurca y más en la tarde se solía hacer algún estofado o arvejado. Recuerdo bien que se hacía una gloria detrás de la iglesia, se sacrificaba un corderito, y esa carne era para los curas, porque la gente pensaba que los curas eran pitucos y no comían carne de llamo.”


En las fiestas no se tomaba cerveza, eso es una costumbre de ahora. En esos tiempos, además del caliente, se tomaba mucho el vino de Codpa, el Pintatani. A veces el alférez iba a comprar Pintatani a Codpa, pero también llegaban codpeños a celebrar a la Virgen y cargaban en sus mulas algunos barriles de vino para venderlo o cambiarlo. Así era el sistema de trueque de nuestros pueblos e incluso tenía normas, como el sistema del 2 por 1 para cambiar las frutas de los valles por las papas de la precordillera”, acota don Sergio.



Después de tres días intensos, llegaba el momento de despedirse de la festividad. Las bandas hacían lo propio agradeciendo a las familias ticnameñas con la visita a las casas y la ronda final alrededor de la plaza. Así lo expresa don Domingo Gómez: “El último día nos despedíamos con la cacharpaya, cuando hacíamos la ronda y el alférez o mayordomo iba colgando a la gente las anguñas, que se hacían con los productos de la tierra: la papa y el maíz. A la banda también se le despedía y se les ponía su platita en la mesa donde estaban pawando para desearle buena suerte. Aunque los músicos también aprovechaban de hacer sus negocios y varios de los asistentes les compraban sus instrumentos: los pistones, los bajos y los tambores.”


Fue justamente en esos trueques que nació la mítica banda de Ticnámar: “siempre llegaban las bandas de otros pueblos, hasta que un día los jóvenes del pueblo dijeron ¿por qué no lo hacemos nosotros? Recuerdo los antiguos de la generación de mi padre, como don Tiburcio Zubieta, que era bombero, don Antonio y Cosmelio Ancase que tocaban el bajo, Francisco Mamani tocaba trompeta, don Luciano Mamani al tambor, y así muchos otros”, indica don Sergio Huanca. “Le llamábamos la Banda del Litro, porque eran buenos pa’ tomar y al final de la fiesta ya estaban curados. La fiesta estaba llena de música siempre y se bailaban huaynos y taquiraris”, añade don Domingo.


Hablar de la fiesta incita gratas memorias en los ticnameños que ni el paso del tiempo o del río han podido borrar. “Cuando uno empieza a conversar, se le empieza a abrir la biblioteca a uno. Las palabras van gatillando nuevas palabras”, agrega don Sergio.


Una de las fiestas más bonitas que recuerdo fue por allá por el año 1955 o 1956. Habían llegado varias bandas y cada una hizo su despedida por el pueblo. ¡La fiesta duró como 10 días! Esa fiesta la pasó mi hermana, que en paz descanse, y nunca me voy a olvidar de esa oportunidad. Cuando nos juntamos con las más mayores de Ticnámar nos acordamos de un montón de cosas, incluso de los cantos que cantábamos”, agrega doña Elvira.


Son justamente estas memorias las que motivan a las nuevas generaciones a continuar practicando estas tradiciones heredadas y enraizadas en la identidad del ticnameño: “Una de las oportunidades más emotivas fue cuando pasamos alféreces del 15 de agosto junto a mis hermanos y mi mamá. No sabíamos mucho, pero mi mamá nos iba orientando. Lo importante es mantener las costumbres antiguas; hay que tenerle respeto a la tierra, no hay que hacer las cosas así no más, todo tiene su orden”, añora doña Mónica Ancase, que tuvo la oportunidad de acompañar a su familia en dos ocasiones como alférez, en el año 1998 y 2008.


Las memorias también se traducen en el deseo por el cuidado del pueblo, el templo y sus santos: “el 13 en la noche había que hacer el pan, y ahí estaba yo haciendo pan. El día 14 había que vestir a la Virgen, y ahí estaba yo vistiendo a la Virgen, me llevaba pañitos, brazo, limón… A mí me encanta, tengo mucho respeto por la Patrona y voy a seguir así”, indica doña Maximiliana.


Yo voy todos los años, siempre voy a acompañar porque es la patrona del pueblo. Lo único que no he hecho es subir al calvario en la fiesta, porque siempre que voy estoy dedicada a ordenar y decorar para que se vea todo bonito. Estoy pendiente de las flores, de la mesa, que no faltaran servicios o manteles…”, añade doña Mónica.



Es el objetivo de la comunidad de Ticnámar conservar en todo sentido, desde los adobes que componen el templo antiguo hasta los recuerdos que llenan a las costumbres de sentido y contenido: “Todas nuestras fiestas tienen costumbres que recogen algunas de las creencias que existían en los pueblos desde mucho antes de que llegara la religión católica. Por eso es que siempre que pawamos, agradecemos y pedimos a la Pachamama, a los Mallkus, a los cerros que nos protegen… Ellas son parte de la formación y tradición de cada pueblo, y son cosas que no se debieran perder, porque ahí está la esencia de lo que es y lo que fue el pueblo; son como las raíces de todo eso”, concluye don Sergio Huanca.

Agradecemos los aportes de Domingo Gómez, Maximiliana Sajama, Elvira Yucra, Sergio Huanca y Mónica Ancase en la elaboración de esta publicación.


Fotografías gentileza de Katherinne Yante, Mónica Ancase y Álvaro Romero.

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